lunes, 24 de noviembre de 2008

Escribir: saber renunciar


Stefan Sweig cuenta que entre sus quehaceres literarios, el de suprimir era el más divertido. Es más, atribuía su éxito a esta labor: eliminaba todo aquello superficial que retardaba la lectura. En efecto, el buen escritor se asemeja al escultor: a martillazos de tachaduras quita todo aquello que le sobra al bloque de su primer borrador para que pueda aflorar la figura de su pensamiento. El buen escritor -como el escultor- sabe que un golpe de más puede estropear el pensamiento, hay que saber detenerse.

Escribir bien en filosofía cuenta con más dificultades. Platón dice en la Carta Séptima que la filosofía sólo se aprende a través de mucho trato con la materia de modo que los libros sirven para los pocos que son capaces de descubrir la verdad por sí mismos con pocas indicaciones. Asimismo, afirma que es una insensatez fijar los pensamientos de manera inmutable. En efecto, la filosofía se caracteriza por ser una constante búsqueda. La verdad filosófica crece lentamente.

Las observaciones de Platón son pertinentes, pero no deben conducir a despreciar la escritura filosófica sino a ser cuidadosos en esa labor. En efecto, el filósofo debe renunciar a la pretensión del oráculo. Es decir, debe mostrar humildemente que su escrito es perfectible y revisable. No puede pretender ser la verdad completa, sino solo una pequeña dimensión de ella. La verdad entera está más allá de nuestra capacidad de expresión y de pensamiento. De este modo, un escrito filosófico no exime de pensar al lector, sino que lo invita a la búsqueda.

El auténtico filósofo ama la verdad por encima de sus propios pensamientos. Por esto su principal afán no es expresar bellamente sus pensamientos sino que la verdad aflore con claridad de sus expresiones de modo que brille por su propia naturaleza.

Quijote y Molinos de viento


Jorge Luis Borges se encontraba ante una gran audiencia en la Universidad de S. Marcos. Los estudiantes le insultaban porque algunas declaraciones chocaban con la ortodoxia marxista. Borges comenzó la conferencia. El auditorio pasó de la rabia a la fascinación. Al acabar, un estudiante le pregunta: "¿cómo es posible que un hombre tan culto como usted, señor Borges, se empeñe en oponerse al curso de la historia?" La respuesta no tuvo desperdicio "oiga joven -dijo Borges - ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?"

¡Caballeros! No abandonemos las causas perdidas.

Aquellas máquinas que trituran el trigo para hacer un pan duro llamado bienestar no son inofensivos molinos, son gigantes feroces. Esta vez el Quijote está cuerdo y Sancho se ha vuelto loco. Los cuerdos somos los quijotes que con el corazón angustiado observamos la tragedia de la modernidad. La razón se ha construido una habitación de espejos donde se contempla a sí misma convencida que así es la realidad.

La lucha contra los monstruos parece una causa perdida son muchos molinos, nadie nos escucha. Sin embargo, “el crecimiento del bien en el mundo depende en parte de actos que nada tienen de históricos; y que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos se debe en buena parte a los muchos que vivieron fielmente una vida escondida y descansan en tumbas que nadie visita”. (George Eliot)

¡Caballeros, luchemos por las causas perdidas! No son molinos, son gigantes.

Yo quiero ser Quijote.