domingo, 7 de agosto de 2011

Verdad y libertad

Nuestro tiempo es excepcional. Una época de cambios, dirán unos; los otros, un cambio de épocas. En el trasfondo de tantas novedades, la relación existente entre verdad y libertad parece desaparecer. La libertad aparece como el bien supremo al que se ordenan todos los demás. Por el contario, el concepto de verdad suscita sospechas ya que el proceso de globalización exige un consenso que sólo se puede llevar a cabo a través un pensamiento funcional, ligero y elástico, pero no verdadero.
El mundo recuerda cuántos sistemas reclamaron para sí la pretensión de verdad y terminaron violentando la libertad. Aquel que afirme que se halla al servicio de la verdad es tachado de fundamentalista y retrógrada porque “la mirada hacia arriba se halla obstaculizada” (Goethe). De este modo, el mundo actual está convencido que la auténtica libertad humana no posee límites: las personas tienen derecho a actuar como les plazca sin otra guía fuera de ellas mismas. Sin embargo, en medio de este contexto es necesario afirmar que la verdad es fundamento de la libertad.
El filósofo francés Jean Paul Sartre, creador del existencialismo filosófico, afirmó que el hombre no tiene naturaleza, es decir, es un ser completamente indeterminado, sin verdad ya que es una “cuestión sin resolver”. El hombre sólo tiene libertad. En este enfoque se ha logrado la separación más radical entre verdad y libertad. Esta no tiene ninguna medida ni dirección, nadie la gobierna, es anárquica. Esta libertad indeterminada no es una sublimación de la existencia, al contrario es la definición del sin sentido de la vida. En efecto, en el existencialismo la libertad es una condena: “no somos libres de dejar de ser libres”. La libertad fuera de la verdad no es libertad pura, sino que la elimina porque es mero elegir sin sentido, sin dirección.
A pesar de lo dicho, la objeción de Goethe parece inamovible: no podemos conocer la verdad. Sólo tenemos nuestros puntos de vista y pretender que el nuestro sea la verdad es un atentado contra la libertad del otro. La verdad ha sido maltratada en los últimos tiempos, su pretensión de universalidad rechazada. Sin embargo, la sociedad globalizada –sin saberlo- aboga por ella. En efecto, el sentir común de la gente regenera la verdad en tres aspectos: la verdad de las cosas, la verdad del conocimiento y la verdad de vivir.
Existe un dominio de la verdad de las cosas. La gente exige autenticidad en los productos, los objetos y en cualquier forma de realidad. No hay lugar para lo falsificado. Las cosas han de ser cosas de verdad. Aquí no hay lugar para la opinión, sino que son lo que corresponde. Además, en medio de la era de la información, la verdad del conocimiento se ha convertido en una exigencia ineludible. A nadie le gusta que se le engañe. Hay una actitud definida de búsqueda de la verdad en la política, los negocios, la economía, etc. Finalmente, la verdad de vivir se presenta como la de mayor demanda en el mundo. Las personas buscan a seres honestos, sin dobleces, fieles y auténticos para establecer relaciones personales y de negocios.
Si todos estos aspectos de la verdad no fuesen contemplados como posibles, el mundo entraría en una parálisis, pues la liberta cotidiana los exige: si no se conoce la verdad de las cosas, no se actuaría pues el mundo sería lábil; si dudo de la verdad del conocer, no pensaría; si la verdad de vivir fuese incognoscible, las relaciones humanas cesarían. De esta manera queda claro que en el plano conceptual puede existir una negación de la capacidad de verdad, pero en el plano de la praxis, la verdad es exigida y vivida, porque vivimos nuestra libertad. Así, se disuelve la objeción antes planteada: existe la verdad y sin ella no hay libertad.
El concepto de libertad ha sido abordado unilateralmente. Ella ha sido aislada, no se ha caído en la cuenta que la libertad es un bien, pero que lo es únicamente relacionada con otros bienes. La libertad no es un bien en sí mismo, sino que es para la consecución de la propia felicidad, es decir, de la realización de la autenticidad. La libertad no es solamente “de alguien”, sino “para algo”. Por eso, la auténtica libertad tiene que ver con la verdad del fin humano. Si la verdad no está ligada a la libertad, desvaría y se convierte en un carro sin guía que termina desbarrancándose o que se limita a dar círculos. La libertad no es el poder de hacer lo que queremos, sino el derecho a hacer lo que debemos.
Por todo lo dicho, es necesario afirmar que la libertad no existe fuera de la verdad. Ella es el auriga que dirige hacia donde tiene que dirigirse la libertad para lograr ser plena. La pretensión de ser enteramente libre, sin verdad es una rebelión contra el ser mismo del hombre, rebelión contra la verdad y, por tanto, conduce al hombre a una existencia de contradicción consigo mismo, a una existencia infernal. La libertad en la mentira y el engaño no es auténtica libertad. Por eso, si desea ser libre; busque la verdad apasionadamente, encuéntrala y viva en ella.

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