jueves, 23 de febrero de 2012

Una nueva manera de hacer y ser...

La ecuación hombre/tiempo es desproporcionada. No somos capaces de realizar todas las actividades que deseamos o, peor aún, no las hacemos con gusto.
La vida actual nos impone un ritmo que parece sobrepasar lo humano, sin embargo, es una ilusión. Para vivir en este mundo, es necesario distinguir lo urgente de lo importante, de encontrar métodos para la eficiencia.
Desde algunos meses, conversábamos un grupo de amigos la necesidad de una propuesta educativa distinta, que no estuviera vinculada a las instituciones clásicas sino que las apoyara desde afuera.
Queremos lograr que los alumnos piensen por su cuenta, que sean capaces de realizar sus labores, que no se presenten en el aula con palabras como no he tenido tiempo de hacer la tarea o no sé cómo hacerla...
Queremos que los alumnos investiguen, que reconozcan las herramientas que disponen en su camino de profundización, entendemos que muchos profesores no tienen el tiempo necesario para realizar esa tarea. Aquí entramos nosotros....
Queremos que no existan problemas en la comprensión lectora, la atención, concentración ni en la memorización; hemos aprendido maneras de superar estos problemas....
Hoy empezamos una nueva propuesta de aprender a ser y hacer.
Esperamos contar con una sólida acogida.

domingo, 7 de agosto de 2011

IX



El río dorado al atardecer
serpenteaba por las viejas piedras
del centro de la ciudad
nadie oía su cantar profundo
se aleja con cautela y
se despide de la muralla .
Llega a un ligero valle
silente y escondido y se deleita
con la melodía de aquellos pasos
que las hojas secas delataban.

Verdad y libertad

Nuestro tiempo es excepcional. Una época de cambios, dirán unos; los otros, un cambio de épocas. En el trasfondo de tantas novedades, la relación existente entre verdad y libertad parece desaparecer. La libertad aparece como el bien supremo al que se ordenan todos los demás. Por el contario, el concepto de verdad suscita sospechas ya que el proceso de globalización exige un consenso que sólo se puede llevar a cabo a través un pensamiento funcional, ligero y elástico, pero no verdadero.
El mundo recuerda cuántos sistemas reclamaron para sí la pretensión de verdad y terminaron violentando la libertad. Aquel que afirme que se halla al servicio de la verdad es tachado de fundamentalista y retrógrada porque “la mirada hacia arriba se halla obstaculizada” (Goethe). De este modo, el mundo actual está convencido que la auténtica libertad humana no posee límites: las personas tienen derecho a actuar como les plazca sin otra guía fuera de ellas mismas. Sin embargo, en medio de este contexto es necesario afirmar que la verdad es fundamento de la libertad.
El filósofo francés Jean Paul Sartre, creador del existencialismo filosófico, afirmó que el hombre no tiene naturaleza, es decir, es un ser completamente indeterminado, sin verdad ya que es una “cuestión sin resolver”. El hombre sólo tiene libertad. En este enfoque se ha logrado la separación más radical entre verdad y libertad. Esta no tiene ninguna medida ni dirección, nadie la gobierna, es anárquica. Esta libertad indeterminada no es una sublimación de la existencia, al contrario es la definición del sin sentido de la vida. En efecto, en el existencialismo la libertad es una condena: “no somos libres de dejar de ser libres”. La libertad fuera de la verdad no es libertad pura, sino que la elimina porque es mero elegir sin sentido, sin dirección.
A pesar de lo dicho, la objeción de Goethe parece inamovible: no podemos conocer la verdad. Sólo tenemos nuestros puntos de vista y pretender que el nuestro sea la verdad es un atentado contra la libertad del otro. La verdad ha sido maltratada en los últimos tiempos, su pretensión de universalidad rechazada. Sin embargo, la sociedad globalizada –sin saberlo- aboga por ella. En efecto, el sentir común de la gente regenera la verdad en tres aspectos: la verdad de las cosas, la verdad del conocimiento y la verdad de vivir.
Existe un dominio de la verdad de las cosas. La gente exige autenticidad en los productos, los objetos y en cualquier forma de realidad. No hay lugar para lo falsificado. Las cosas han de ser cosas de verdad. Aquí no hay lugar para la opinión, sino que son lo que corresponde. Además, en medio de la era de la información, la verdad del conocimiento se ha convertido en una exigencia ineludible. A nadie le gusta que se le engañe. Hay una actitud definida de búsqueda de la verdad en la política, los negocios, la economía, etc. Finalmente, la verdad de vivir se presenta como la de mayor demanda en el mundo. Las personas buscan a seres honestos, sin dobleces, fieles y auténticos para establecer relaciones personales y de negocios.
Si todos estos aspectos de la verdad no fuesen contemplados como posibles, el mundo entraría en una parálisis, pues la liberta cotidiana los exige: si no se conoce la verdad de las cosas, no se actuaría pues el mundo sería lábil; si dudo de la verdad del conocer, no pensaría; si la verdad de vivir fuese incognoscible, las relaciones humanas cesarían. De esta manera queda claro que en el plano conceptual puede existir una negación de la capacidad de verdad, pero en el plano de la praxis, la verdad es exigida y vivida, porque vivimos nuestra libertad. Así, se disuelve la objeción antes planteada: existe la verdad y sin ella no hay libertad.
El concepto de libertad ha sido abordado unilateralmente. Ella ha sido aislada, no se ha caído en la cuenta que la libertad es un bien, pero que lo es únicamente relacionada con otros bienes. La libertad no es un bien en sí mismo, sino que es para la consecución de la propia felicidad, es decir, de la realización de la autenticidad. La libertad no es solamente “de alguien”, sino “para algo”. Por eso, la auténtica libertad tiene que ver con la verdad del fin humano. Si la verdad no está ligada a la libertad, desvaría y se convierte en un carro sin guía que termina desbarrancándose o que se limita a dar círculos. La libertad no es el poder de hacer lo que queremos, sino el derecho a hacer lo que debemos.
Por todo lo dicho, es necesario afirmar que la libertad no existe fuera de la verdad. Ella es el auriga que dirige hacia donde tiene que dirigirse la libertad para lograr ser plena. La pretensión de ser enteramente libre, sin verdad es una rebelión contra el ser mismo del hombre, rebelión contra la verdad y, por tanto, conduce al hombre a una existencia de contradicción consigo mismo, a una existencia infernal. La libertad en la mentira y el engaño no es auténtica libertad. Por eso, si desea ser libre; busque la verdad apasionadamente, encuéntrala y viva en ella.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Escribir: saber renunciar


Stefan Sweig cuenta que entre sus quehaceres literarios, el de suprimir era el más divertido. Es más, atribuía su éxito a esta labor: eliminaba todo aquello superficial que retardaba la lectura. En efecto, el buen escritor se asemeja al escultor: a martillazos de tachaduras quita todo aquello que le sobra al bloque de su primer borrador para que pueda aflorar la figura de su pensamiento. El buen escritor -como el escultor- sabe que un golpe de más puede estropear el pensamiento, hay que saber detenerse.

Escribir bien en filosofía cuenta con más dificultades. Platón dice en la Carta Séptima que la filosofía sólo se aprende a través de mucho trato con la materia de modo que los libros sirven para los pocos que son capaces de descubrir la verdad por sí mismos con pocas indicaciones. Asimismo, afirma que es una insensatez fijar los pensamientos de manera inmutable. En efecto, la filosofía se caracteriza por ser una constante búsqueda. La verdad filosófica crece lentamente.

Las observaciones de Platón son pertinentes, pero no deben conducir a despreciar la escritura filosófica sino a ser cuidadosos en esa labor. En efecto, el filósofo debe renunciar a la pretensión del oráculo. Es decir, debe mostrar humildemente que su escrito es perfectible y revisable. No puede pretender ser la verdad completa, sino solo una pequeña dimensión de ella. La verdad entera está más allá de nuestra capacidad de expresión y de pensamiento. De este modo, un escrito filosófico no exime de pensar al lector, sino que lo invita a la búsqueda.

El auténtico filósofo ama la verdad por encima de sus propios pensamientos. Por esto su principal afán no es expresar bellamente sus pensamientos sino que la verdad aflore con claridad de sus expresiones de modo que brille por su propia naturaleza.

Quijote y Molinos de viento


Jorge Luis Borges se encontraba ante una gran audiencia en la Universidad de S. Marcos. Los estudiantes le insultaban porque algunas declaraciones chocaban con la ortodoxia marxista. Borges comenzó la conferencia. El auditorio pasó de la rabia a la fascinación. Al acabar, un estudiante le pregunta: "¿cómo es posible que un hombre tan culto como usted, señor Borges, se empeñe en oponerse al curso de la historia?" La respuesta no tuvo desperdicio "oiga joven -dijo Borges - ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?"

¡Caballeros! No abandonemos las causas perdidas.

Aquellas máquinas que trituran el trigo para hacer un pan duro llamado bienestar no son inofensivos molinos, son gigantes feroces. Esta vez el Quijote está cuerdo y Sancho se ha vuelto loco. Los cuerdos somos los quijotes que con el corazón angustiado observamos la tragedia de la modernidad. La razón se ha construido una habitación de espejos donde se contempla a sí misma convencida que así es la realidad.

La lucha contra los monstruos parece una causa perdida son muchos molinos, nadie nos escucha. Sin embargo, “el crecimiento del bien en el mundo depende en parte de actos que nada tienen de históricos; y que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos se debe en buena parte a los muchos que vivieron fielmente una vida escondida y descansan en tumbas que nadie visita”. (George Eliot)

¡Caballeros, luchemos por las causas perdidas! No son molinos, son gigantes.

Yo quiero ser Quijote.